Nos invaden formas divertidas de arte provenientes de todas las edades y razas. Parecen extinguirse por completo las normas, los cánones y las diferencias entre distintas clases de arte. Más aún, se impone un arte, una música y una pintura primitivas e informales que nos vienen de Oriente, vigorizados por la vitalidad robusta de unas razas que han plasmado los combates del espíritu en un poema o en un lienzo de longitud y extensión desproporcionadas. Son artistas ajenos de toda convención. Para evaluarlos, el crítico ha de fiarse, como única norma, del propio sentimiento. El público manda. La multitud que se aglomera ante las exposiciones, llena los teatros y frecuenta los servicios de lectura de las biblioteca es quien hace y deshace la fama de los artistas. Esta situación de falta de control del gusto ha sido siempre síntoma del alborear de una nueva manera de percibir la realidad, que rompe con formas y convenciones establecidas para dar a luz nuevos estilos artísticos. Pero no durará mucho esta situación. Una de las tareas urgentes del pensador e historiador de las bellas artes es la de establecer de nuevo sanos criterios sobre la relación entre la estética y la realización artística.

Dilthey (1880)

10. August 2015 by
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